Sociedad civil

En el actual debate político pre electoral y como respuesta a la crisis de confianza ciudadana en las instituciones y sus representantes, parece existir un amplio consenso entre los diferentes actores políticos sobre un supuesto nuevo rol de la sociedad civil en representación de los intereses colectivos, que en nuestro ordenamiento son definidos en el Poder Legislativo, instrumentados en el Poder Ejecutivo y controlados desde el Poder Judicial. 

Consecuentemente, el discurso transversal de la cuestionada clase política repite que esta renovada y empoderada sociedad civil debiera tener un mayor protagonismo y de ello dan cuenta los documentos que se han ido conociendo sobre las propuestas programáticas de las diferentes candidaturas presidenciales. 

Sincera o no, la apuesta que se está haciendo sobre esa abstracción que llamamos sociedad civil es grande y plantea una interrogante clave: ¿existe la conciencia colectiva para defender y promover los bienes públicos, para construir en conjunto la cultura participativa que la democracia chilena requiere con urgencia? 

Desgraciadamente, hemos construido una sociedad en la que parece primar el individualismo y el consumismo y un cómodo aislamiento de los asuntos públicos. La sobrevalorada “movilización” ciudadana induce a errores. Sumarse a una manifestación contra las AFP o declararse “indignado” por la trenza político-empresarial puede llevar a compartir un sentir social durante un par de horas, pero cualquier acción que pretenda conseguir resultados sostenibles debe articularse de otra forma para no diluirse en el tiempo. 

Lamentablemente, esa aspiración se estrella con la realidad, ya que las pocas políticas públicas que han intentado promover una mayor participación ciudadana han fracasado. Los presupuestos participativos han sido una declaración vacía, el sistema de audiencias públicas una promesa incumplida y la Ley 20.500 está llena de imperfecciones y hoy sabemos que los consejos de la sociedad civil, incluido el de Chillán, son convocados dos veces al año para nada, con una puesta en escena tan artificial como la foto que suelen tomarse sus integrantes con el alcalde y los concejales. 

Frente a los sentimientos de orfandad y falta de representatividad, es inútil exigir una renovación total de nuestros cuadros políticos, pero mucho cambiaría si la ciudadanía recuperara activamente espacios, interviniera para consensuar agendas, exigiera transparencia en la administración del Estado, ayudara a combatir la corrupción y la impunidad, interpelara por las vías institucionales a las autoridades y contribuyera mediante la participación en las urnas a la renovación de los liderazgos políticos. 

Parece imposible en este momento alcanzar todo aquello, pero cada vez es más perentorio tomar conciencia sobre la responsabilidad que nos cabe a cada uno como ciudadanos, alejándonos de esa identidad colectiva, abstracta y amorfa que apenas nos garantiza el anonimato, pero que poco aporta a la mejora de la calidad institucional que tanto necesita nuestro país. Es tiempo de cambiar.