[Editorial] "Encuestodependencia"

  • Por: LaDiscusion.cl
  • Fotografía: Victor Orellana

Las encuestas permiten que la sociedad se mire a sí misma por dentro y son, fuera de toda duda, buenas herramientas para muchas de las decisiones que las personas y las organizaciones de todo tipo adoptan, día tras día, en el orden cultural, empresarial, productivo o comercial, o en función de cualquier otra iniciativa de interés comunitario.

Ahora bien, este valioso instrumento cultural e informativo que son las encuestas y los sondeos de opinión suelen producir consecuencias altamente negativas y distorsionantes cuando son utilizadas en el plano político o institucional con una clara finalidad demagógica. Nos referimos a esa lamentable desviación en que incurren frecuentemente los funcionarios de gobierno y los políticos cuando adoptan sus decisiones o sus propuestas con el fin exclusivo de halagar los deseos y las preferencias de la opinión pública, tal como aparecen registrados en las encuestas de opinión.

Esa “encuestodependencia” en que suelen caer los dirigentes políticos alcanza, en algunos casos, extremos lamentables. De hecho, es bien conocido el interés compulsivo de algunos actuales candidatos y candidatas a la Presidencia por estar informados permanentemente de las oscilaciones que sufre el humor de la población y de las previsibles reacciones de la opinión pública ante cada cosa que digan o hagan.

Cuando los gobernantes, legisladores y demás actores de la política adoptan sus decisiones institucionales con la mirada puesta en las encuestas, terminan siendo prisioneros de los vuelcos emocionales -a veces azarosos- de la opinión ciudadana y desatienden su responsabilidad esencial, que es gobernar en función del bien común, de la paz social y del progreso.

El deber de los hombres públicos es conducir a la sociedad y no dejarse conducir por ella. Cuando renuncian a ese deber esencial, dejan de ser auténticos dirigentes.
La conducción política es, fundamentalmente, decisión, riesgo y coraje para invitar a la sociedad a caminar en una dirección. El gobernante democrático recibe un mandato por un determinado período y debe cumplirlo en función de los principios y los lineamientos que su visión de estadista y su conciencia le vayan marcando. Si opta por responder servilmente a los cambios azarosos de opinión que registran las encuestas, está claro que falta a su principal deber, que es orientar y conducir a su país. Eso se advierte con especial claridad en las repúblicas presidencialistas como Chile, en las cuales el jefe del Estado no depende del voto de confianza de un Parlamento.

Por lo mismo, lo deseable es que los aspirantes a la primera magistratura de la Nación sean capaces de ofrecernos gobernanza a partir de un repertorio de principios y metas, no de un barómetro que mida o refleje la emoción de los ciudadanos. Eso es lo que separa a la democracia de la demagogia.