Los planes del único arquitecto de la Copelec para terminar edificio

Corría 1973 y los arquitectos que trabajaban en el Edificio Copelec debieron parar las faenas tras casi 20 años de trabajo ininterrumpido. La madre de Jesús Bermejo había muerto en España y sus dos colegas arquitectos (Juan Borchers y Isidro Suárez) habían decidido viajar junto a Bermejo para acompañarlo en las exequias. Pero por esos días sobrevino el golpe de Estado y los constructores no pudieron regresar a Chile dejando el edificio con un 5 por ciento de retraso. 

Esta es parte de la historia que encierra uno de los inmuebles más emblemáticos de la ciudad. El 2013, el propio Jesús Bermejo, el único de los tres que está vivo, viajó a la ciudad para conversar la posibilidad de terminar lo que quedó en el aire. Se trata de un espejo de agua que se construiría en la parte trasera del edificio y que proyectaría el edificio. 

El propio Jesús Bermejo lo explicó en su última visita a Chile. “El espejo de agua tenía 30 centímetros de profundidad, no es para ahogar a nadie. Esto se proyectó con la intención de que el edificio se refleje y se despliegue. Estaba en el proyecto original, pero no lo terminamos. Pensamos que podríamos regresar en otro momento y hacerlo, pero nunca se dio la oportunidad”.

Hace un mes, el subsecretario de Patrimonio, Emilio de la Cerda (quien acompañó a Bermejo en su recorrido el 2013 en su calidad de director nacional del Consejo de Monumentos de la época), regresó al Edificio Copelec para conversar con los ejecutivos y aprovechar la intención de Bermejo de terminar el proyecto original. Y encontró la disposición del presidente del directorio, Manuel Bello, quien se comprometió a levantar un proyecto. 

La historia

Bermejo explica desde España cómo nació la idea de proyectar este edificio que hoy es lugar de peregrinación de cientos de arquitectos a nivel mundial. “En la década de los cincuenta, yo me encontraba dibujando en el estudio de Isidro. Su hermano había sido ministro de Agricultura del Presidente Ibáñez, eso lo recuerdo nítidamente. Estaba yo dibujando y un día llegó al estudio la gente de Copelec. Nunca se me va a olvidar el encargo que nos hicieron. Ellos dejaron en claro que querían luz, sol, color y gran originalidad. Luego, se sumó Borchers quien estaba en Europa. Él se encargó de dirigir la obra por carta en una primera etapa”, recuerda.

“El proyecto se planteó en septiembre de 1962. En el invierno de 1963 hicimos el forjado y la losa. Las obras se detuvieron en 1964. Estaba más o menos hábil y quedó ahí. Faltó el estanque, una pasarela que sale del piso de arriba para el acceso y una pantalla para separar los talleres que se encuentran al fondo”, explicó.

Compañeros de vida y pasión

Fue Borchers quien comenzó a empaparse de los principios de la arquitectura moderna desde la Universidad de Chile, en donde estudiaba. Su postura ante la exigencia urgente de un cambio de planes metodológicos para la enseñanza de la carrera que le quitaba el sueño le valió la expulsión de la universidad. Siete años más tarde, lo dejaron regresar para obtener el título universitario.

Durante ese tiempo se dedicó a viajar por el mundo y a escribir varios manifiestos en donde deja entrever su postura modernista, sobre todo después de conocer a Le Corbusier en París, en 1938. En España, no solo comienza a investigar la Teoría de la Arquitectura, sino que además, conoce a su gran colaborador, Jesús Bermejo. Junto a él y a su coterráneo puntarenense, Isidro Suárez, da vida al Taller Borchers, el que se dedicaría por varios años a levantar edificaciones especiales bajo los preceptos modernistas y funcionales.  

Borchers falleció en 1975 de un ataque cardíaco, y muchas de sus obras fueron editadas en forma póstuma.