Agricultura tradicional

Además de las dificultades por la escasez de agua, la competencia desleal de productos importados, el limitado acceso al crédito y la alta rentabilidad que han alcanzado los frutales, el sector más tradicional del agro de Ñuble, vinculado principalmente a los cultivos anuales (cereales) enfrenta en los últimos años una nueva amenaza: la competencia por el uso del suelo que está librando con la industria forestal. 

Esta realidad no es muy distinta a la que enfrenta la agricultura tradicional en otros países, sin embargo, en Europa y en general, en países más desarrollados que el nuestro, existen políticas que buscan proteger y fomentar el desarrollo de esta actividad, no sólo por su importancia económica y cultural, sino por su valor estratégico como proveedora de alimentos. 

En Chile, sin embargo, el acento fue puesto en el desarrollo forestal, con resultados exitosos a nivel macroeconómico, que han convertido a esta industria en una de las principales exportadoras a nivel nacional y la más importante en la Región del Bío Bío. Su desarrollo también ha permitido recuperar cientos de miles de hectáreas erosionadas, pero ello no ha generado riqueza para las localidades donde se ubican las plantaciones. 

El decidido impulso a la forestación iniciado en 1974 se puede observar en el paisaje rural, sin embargo, mientras esta industria crece, la agricultura tradicional desaparece. Según el último censo agropecuario, en 10 años la superficie de plantaciones forestales en la Región se incrementó 72,7%, y por otra parte, en el mismo periodo, la superficie agropecuaria con actividad se redujo en un 31,7%. 
Y si bien ambas actividades se habían desarrollado de forma paralela, en la última década se observa un fenómeno preocupante, puesto que el negocio forestal necesita seguir creciendo y requiere de tierras para aumentar sus plantaciones, razón que ha llevado a las grandes empresas a comprar terrenos con aptitud agrícola.

Situaciones como la emigración campo-ciudad debido a la venta de los predios agrícolas por parte de los pequeños propietarios o la proliferación de plantaciones forestales en zonas de riego, son consecuencias de esta problemática. 

Esta amenaza, además, pone de manifiesto la desigual atención que ha puesto el Estado con estas dos actividades y las enormes inequidades que han resultado de dicho error. Por lo mismo, el foco de la política pública debe cambiar. En vez de escuchar tantos argumentos para convencernos de prolongar el DL 701 o cambiarlo por otro instrumento que permita seguir entregando millonarias bonificaciones al sector forestal, el tema que debería movilizar las voluntades políticas es cómo evitar que la agricultura resulte disminuida como consecuencia del desarrollo forestal. 

Es un asunto de coherencia. Si se pretende ser potencia agroalimentaria, el Estado debiera comenzar por impulsar políticas de fomento al agro, tal como se hizo con la industria forestal, e incluso más. 

En Ñuble, la agricultura tradicional no es una actividad económica cualquiera, es una expresión cultural, una gran generadora de empleos y su desarrollo tiene un carácter estratégico para la futura Región.