Día de las Regiones

Frente a cualquier proceso electoral, los candidatos suelen hacer públicas sus plataformas programáticas, verdaderas promesas en procura de la captación del voto que permita obtener el anhelado triunfo. Cuanto más encumbrada sea la posición a la que se aspire, mayores serán la importancia y la expectativa que despierta el mensaje. Y cuando se trata de un candidato a la cima del poder, como es el caso de la Presidencia, tanto mayor es el interés que despierta en los votantes de regiones las propuestas que hacen en materia de descentralización. 

Hoy, al conmemorarse el Día de las Regiones, resulta pertinente volcar la mirada a esa compulsión por prometer avances y más poder a las regiones que nunca se materializan y que ha sido una constante de los últimos gobiernos. El de Michelle Bachelet no es la excepción, aunque en la evaluación final pueda salir un poco mejor parado. 

En efecto, el programa de la abanderada de la Nueva Mayoría contenía una serie de promesas de mayor descentralización. De hecho, se creó una comisión asesora presidencial que recorrió el país y levantó 100 propuestas, de las cuales 10 quedaron como prioridad, aunque finalmente solo tres se convirtieron en proyectos de ley: la elección popular de intendentes, el traspaso de competencias y la creación de la Región de Ñuble. El primero se encuentra aprobado, no así los otros dos. 

En todo caso, y como lo hemos señalado en este mismo espacio, ninguno de los dos primeros proyectos mencionados se relacionan directamente con la solución al problema de fondo que padece Chile, que es de centralismo político. El primero, si bien democratiza la autoridad regional, la fragmenta creando las figuras de delegados presidenciales y en la práctica divide el poder. La segunda, en tanto, tiene un alcance limitado, según se desprende del mismo proyecto que ingresó el Ejecutivo. 

Las razones para este tipo de acciones más bien tímidas pueden ser muchas, pero existen dos probables explicaciones. Una primera cuestión es un temor a perder poder y generar nuevos liderazgos políticos locales que aumenten la competencia política a quienes administran el poder en la actualidad, léase, Ejecutivo, Congreso y partidos. Un segundo punto tiene que ver con una profunda desconfianza a la capacidad de gestión y administración de los fondos públicos que existe de parte de la autoridad financiera central en relación con las regiones. 

En definitiva, la clase política no se entusiasma con la descentralización y la profundización de la democracia local y prefiere concentrar el poder en un puñado de aristócratas e intermediarios en Santiago. Ejemplos sobran, desde el tibio apoyo que recibió el proyecto de elección de intendentes y las interferencias para aprobar el traspaso de competencias, hasta las mil razones para postergar durante tres décadas las iniciativas y procesos que le habrían otorgado más autonomía a las regiones y provincias, 

En este cuadro, la Región de Ñuble aparece como una positiva excepción y un meritorio avance que debe reconocerse a este Gobierno, que queda al debe ante sus propias promesas, pero sobresale respecto de sus antecesores.