Capital humano

Esta semana la consultora KPMG dio a conocer los resultados del ranking internacional sobre productividad potencial “Variables para un Comercio Sostenido (VSG, por sus siglas en inglés)”, en el cual Chile descendió tres puestos, al pasar desde el lugar 31 en 2015, al 34 en el 2016.

Este estudio mide la estabilidad del país, la apertura comercial, la infraestructura interna, el capital humano y la fuerza que poseen las instituciones, y atribuye el descenso chileno, principalmente, a una fuerte disminución en el capital humano y la infraestructura.

Y es que en capital humano, índice que mide las expectativas de vida y los niveles de educación del país, Chile obtuvo una puntuación de 7,1 en la medición anterior, mientras que en 2016 disminuyó drásticamente a 5,9.

Claramente, Chile se está enfrentando a un problema estructural de difícil solución en el corto plazo, en que su crecimiento potencial se ha ido reduciendo en los últimos años, debido a que el uso de los factores productivos se acerca a su máximo sin que se observen en el horizonte medidas que apunten a cambiar ese escenario, vale decir, a aumentar la capacidad de crecer.

En la práctica se ha visto que la coyuntura internacional ha desacelerado la tasa de crecimiento del país a un rango en torno al 1,5-2,0 por ciento, debido en gran medida al comportamiento de las exportaciones mineras, sin embargo, hay otros factores relevantes que también han contribuido a esta situación, como la crisis de confianza de inversionistas y consumidores, que han forzado a la baja las tasas de inversión.

Lo anterior obliga a volcar la mirada en lo que está ocurriendo con el capital humano, en un contexto en que el país discute una reforma educacional que apuesta por mejorar el acceso y elevar la calidad en todos los niveles. Lamentablemente, hasta ahora la discusión se ha centrado en el financiamiento de las promesas del Gobierno en materia de acceso y gratuidad.

El problema de fondo, sin embargo, aun está pendiente, y resulta urgente abordarlo, puesto que si no se logra mejorar la calidad en aquellos segmentos que exhiben una mayor brecha, el crecimiento potencial del país seguirá estancado, y con ello, las posibilidades de crecer a tasas mayores a las actuales dependerán exclusivamente del comportamiento del precio del cobre.

En el caso de Ñuble, que se prepara para convertirse en región, la escasez de capital humano es más evidente y no se vislumbran políticas que apunten a retener a los técnicos y profesionales que se forman en la zona, así como tampoco, que permitan atraer talentos desde otras regiones o países.

Con una vocación productiva orientada principalmente al sector silvoagropecuario, Ñuble enfrenta el desafío de aprovechar la oportunidad de crecer de la mano del aumento de la demanda mundial por alimentos y consolidarse como un proveedor de productos de calidad, pero ese desafío no se logrará sin inversión en investigación, en tecnología, en riego, en infraestructura y en educación.

Afortunadamente, a nivel local existen algunas instancias de diálogo entre el sector público, el sector privado y la academia, que han abordado esta falencia y han presentado propuestas de solución, las que pasan necesariamente por una adecuada planificación del desarrollo de la futura región, y que requieren de un impulso efectivo por parte del Estado. Hasta ahora, sin embargo, se trata de estudios y propuestas, pero en ningún caso de una política propiamente tal, y por lo tanto, la tarea sigue pendiente. Evitar que Ñuble sea una región pobre depende de ello.