Canal Laja-Diguillín

La demanda creciente por alimentos desde los mercados asiáticos ha favorecido los buenos resultados de las exportaciones chilenas de frutas, que en 2016 aumentaron cerca de un 12%, mientras la economía nacional apenas se expandió un 1,5%. En ese contexto, Ñuble se ha visto beneficiado por la oportunidad de aumentar su producción, lo que se ha reflejado, por ejemplo, en el alza de casi un 40% en las plantaciones frutales entre 2012 y 2016, lo que convierte a la futura región en la más dinámica del país en esta materia, pese a que aun no aprovecha buena parte de su potencial.

Al menor valor de la tierra, en comparación con la zona central, se suman los efectos del cambio climático, que han favorecido la introducción de nuevos cultivos en la provincia, sin embargo, la disponibilidad de agua, en un contexto de crisis hídrica, es un factor que amenaza con frustrar este impulso.

Es por ello que cuesta entender que una megaobra tan importante para el riego como el canal Laja-Diguillín, cuyo canal matriz terminó de construirse en 2008 y que ha significado una inversión total cercana a los 200 millones de dólares, esté subutilizada. De hecho, el canal matriz, que se extiende 60 kilómetros desde el río Laja, en la comuna de Tucapel, hasta la descarga en el estero Coltón, en San Ignacio, fue diseñado para transportar un caudal de 40 metros cúbicos por segundo, sin embargo, la semana pasada llevaba poco más de 12 metros cúbicos. Y si ello es en parte atribuible al escenario de escasez hídrica, la principal razón es que aun resta abordar obras complementarias, como la construcción y acondicionamiento de canales secundarios para llegar con agua hasta los predios. 

Como consecuencia de ello, el canal, construido para regar 44 mil 630 hectáreas, actualmente solo cubre 27 mil 166, principalmente en las comunas de Bulnes y San Ignacio, y en menor medida en Pemuco, El Carmen y Yungay.

Estos proyectos demandan una inversión de 25 a 30 mil millones de pesos, recursos que no están asegurados, pues antes se debe transitar la larga burocracia estatal. De hecho, para este año está previsto que concluyan los estudios, de manera que se pueda obtener la recomendación del Ministerio de Desarrollo Social, y luego su priorización para el  financiamiento.

Pero los canales no son las únicas obras pendientes, pues el diseño original también consideraba la construcción de un embalse en el río Diguillín y un tramo adicional del canal matriz desde el estero Coltón hasta el río Larqui. De estos dos, el futuro embalse Zapallar es considerado el más relevante, pues permitirá aumentar en 10 mil hectáreas la superficie de riego, es decir, se podría llegar a las 54 mil hectáreas. Lamentablemente, esta iniciativa ha debido dormir largo tiempo y solo en los últimos años fue retomada por el MOP, que actualmente está licitando la actualización de los estudios. El propio ministro Alberto Undurraga ha expresado su interés en acelerar este proyecto que demandará una inversión de $80 mil millones, sin embargo, la iniciativa sigue enfrentada a la lenta y compleja burocracia, y aun no existe claridad si el embalse será concesionado o financiado con recursos fiscales.

Con tantos proyectos peleando por recursos en un contexto de estrechez fiscal, la priorización es un elemento clave, y sin duda, aquellos que permitan aumentar la superficie regada son muy relevantes, no solo desde el punto de vista económico, por sus efectos en la agricultura, sino que también desde la perspectiva social, por la generación de empleos y la contención de flujos migratorios desde el campo. Pero los argumentos por sí solos no bastan, deben existir voces que los defiendan, como las autoridades y representantes políticos de la zona. El futuro de Ñuble está ligado a la industria alimentaria, y por tanto, a la disponibilidad de agua. Ésa debe ser la prioridad.