Las lecciones no aprendidas del mega incendio de hace 5 años

Hace exactamente cinco años y un mes la provincia se libraba de uno de los incendios forestales más devastadores que se recuerden.   Durante una semana el cerro Cayumanque en la comuna de Quillón, fue presa de las feroces lenguas de fuego que arrasaron más de 25 mil hectáreas del emblemático ecosistema ñublensino junto a 534 casas.     La catástrofe le costó la vida a dos personas y, según cálculos oficiales del momento, al menos 500 millones de dólares en pérdidas sumó la industria forestal.   Tras el duro balance sobre lo ocurrido, la conclusión a la que llegaron en ese entonces los expertos consultados por LA DISCUSIÓN fue que existieron una serie de falencias que permitieron que el desastre se amplifique más de la cuenta.   El Estado de Emergencia en la que vive la provincia desde hace aproximadamente tres semanas, con incendios que afectaron a sectores de 13 comunas y que hasta el momento redujo a cenizas cerca de 23 mil hectáreas, desnudó una vez más las falencias que impiden la oportuna y adecuada gestión ante tragedias de envergadura.   Prevención al debe Pese a las campañas preventivas  emprendidas con regularidad por la Corporación Nacional Forestal (Conaf) en la provincia, el actuar negligente de vecinos de zonas destruidas antes, durante y después de la tragedia ha sido una constante.   El propio alcalde de Portezuelo, René Schuffeneger, lamentó que el llamado de evacuación que hicieran las brigadas de emergencia a los vecinos de Quitento el pasado domingo 29 de enero, no fuera escuchado por todos.   Al menos una decena de personas de la treintena de familias que viven en el lugar, se quedaron en sus viviendas tratando de contener las llamas y al mismo tiempo para evitar posibles robos de sus enseres.   El llamado telefónico que hizo ese mismo día un supuesto quitentino a una radio de alcance nacional, el que daba cuenta de manera incorrecta que todo el sector había desaparecido a causa del incendio, solo ayudó a empeorar el clima de tragedia que se vivía.   Centralismo y gestión de combate Pese a los constantes siniestros que se producen en Ñuble y provincias vecinas, especialmente referidos a incendios propagados rápidamente a causa de la presencia de cultivos de especies  forestales, la región no cuenta con bases y gestión logística autónomas, que le permitiesen no depender de la reacción de las autoridades de Santiago para enfrentar estas emergencias.   Un claro ejemplo es la forma cómo se abordaron los peligrosos focos en el cerro Alico de la comuna de San Fabián. Pese a que dos días después de empezado el incendio el alcalde Claudio Almuna solicitó al Gobierno apoyo aéreo para sofocar las llamas y evitar una catástrofe de proporciones en el área natural protegida que forma parte de la Reserva Mundial de la Biósfera Nevados de Chillán-Laguna del Laja, solo una semana después llegó un helicóptero.   Al menos 225 hectáreas del rico ecosistema se han destruido por el avance de los focos hasta el momento , de acuerdo a la cifra oficial entregada por Conaf; no obstante, la autoridad edil advierte que no menos de 300 son las afectadas.   Con el diagnóstico preliminar, las autoridades de Gobierno ahora están planteando un proyecto de restauración del sector que, de haberse actuado a tiempo, es posible que el daño a la flora y fauna nativa no haya sido tan extenso.   Mal planificación territorial En términos de seguridad, aún se presentan los mismos vacíos que se recuerdan hace poco más de cinco años.   Las áreas residenciales cercanas a  zonas forestales amenazaron seriamente a las comunas ñublensinas en donde el monocultivo industrial, centrado en las especies pino y eucalipto,  ha avanzado en detrimento de las actividades productivas agrícolas.   Este escenario deja en evidencia la falta de una mejor planificación territorial de las plantaciones, de manera de combinar bosques jóvenes con viejos y así controlar el fuego cuando entra al bosque joven o una combinación con zonas que no tengan árboles, según explica el ingeniero forestal y especialista en ecología del fuego, Eduardo Peña.