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No olvidemos las Fiestas Patrias

Las Fiestas Patrias son motivo de alegría para todos, eso está claro. Aflora el patriotismo, los emblemas, la bandera chilena, los juegos tradicionales, la cueca y si a eso sumamos el inicio de la primavera, Fiestas Patrias se traduce en una fecha que permite el descanso, disfrutar de la comida chilena, del canto, baile y festejo. Lo que está muy bien, los momentos de esparcimiento con la familia y amigos son parte fundamental de nuestras vidas.

Pero no debería ser esta la única significancia de un 18 de septiembre, menos en una región con el valor patrimonial y cultural que tiene Ñuble. No deberíamos enfrentar el lunes posterior a estos días de festejo sin haber hecho un análisis más profundo que el sabor del choripán o la música de la fonda a la que fuimos.

Nunca está de más recordar el origen de esta celebración, que conmemora a la Primera Junta Nacional de Gobierno efectuada en Santiago en 1810 y que tuvo un valor independentista mucho menor al comúnmente otorgado. Sin perjuicio de ello, esta instancia valiosa fue efectivamente una semilla de nuestra Independencia, que declararíamos como país recién ocho años después.

Las Juntas de Gobierno fueron comunes en toda América Latina de esos años, como una forma de mostrar lealtad al rey Fernando VII de España que se encontraba preso en Francia. Por lo que el Cabildo que organizaron los criollos en 1810 y que derivó en la Junta de Gobierno a cargo de Mateo de Toro y Zambrano no era separatista ni mucho menos independentista, pero fue el germen para el inicio de algunas reformas que nos condujeron a la independencia de España en febrero de 1818.

A esta fecha histórica se sumó, en 1915 bajo el mandato de Ramón Barros, el establecimiento del Día de las Glorias del Ejército, donde se recuerda la valentía y el coraje de los soldados que protegieron al país y a sus habitantes.

Estas celebraciones patrias que hoy nos convocan a todos, fueron muy elitistas en un comienzo y estuvieron restringidas a las clases más acomodadas de aquellos años. Las celebraciones populares que derivaron en las actuales fondas y ramadas se fueron construyendo con los años, así como nuestra identidad nacional, esa idiosincrasia que nos justifica como un país independiente de una corona a miles de kilómetros de distancia.

Entonces, felicidad debiese darnos el robustecimiento de nuestra democracia desde aquellos días, pero debiésemos también preguntarnos más que nunca qué constituye esa idiosincrasia chilena y qué rol tiene Ñuble en ella.

Nos enorgullecemos a diario por la identidad regional que también nos brindó independencia regional dentro de nuestro país, pero estoy seguro que esta no solo se sostiene en exquisitos platos típicos y en hermosas tonadas folclóricas.

Espero que junto al asado, hayan tenido la instancia de construir chilenidad en familia, de construir identidad cultural que traspase generaciones y que define nuestros valores comunitarios, tan importantes como el territorio que habitamos. Estoy convencido de que este es el verdadero patriotismo, el de buenos valores compartidos, aquellos que en nuestra región debemos enfatizar entre todos.

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