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1.886 venezolanos se han registrado en Ñuble en 2019

los pacientes de Gerso Chacón (34), médico venezolano del Cesfam de Coihueco, le suelen regalar huevos, tortillas de rescoldo, gallinas y frutas, en agradecimiento por su atención. “Son muy humildes y cariñosos, son gente muy buena y agradecida”, dice. Gerso llegó desde Caracas directamente a vivir a Chillán el año pasado por recomendación de su hermana quien había viajado antes. Al comienzo debió trabajar en otros empleos, como garzón y asistente veterinario. En diciembre del año pasado aprobó el Enaucon (Examen Nacional Unico de Conocimientos de Medicina), por lo que desde este año ejerce como médico.

“El Eunacon es demasiado engorroso, no entiendo por qué con tanta necesidad de médicos ponen tantas trabas”, afirma. Lo sabe porque en el Cesfam hay diez doctores extranjeros y solo dos chilenos. Sobre su trabajo, analiza que “en Venezuela no hay medicamentos ni insumos médicos. Yo ganaba muy poco por eso decidí irme. El sistema de Salud en Chile es como un paraíso, como Disneyland, en comparación con el venezolano”.

Él piensa que el venezolano ha aportado a la región y al país, pero no olvida la situación que se vive en Tacna, donde sus compatriotas ruegan por ingresar a Chile. En junio pasado, el Gobierno impuso el requisito de una visa con-sular para entrar al país. “Es incomprensible que pongan tantas trabas, ciertamente no todos tienen grado académico, pero no quiere decir que sean delincuentes, deberían analizar caso a caso. Venezuela le abrió las puertas a todos los países”, recuerda. Y tampoco olvida que su padre, quien asegura tiene dos posgrados, no tiene certeza si podrá viajar en agosto, por el nuevo requisito.

“El Gobierno venezolano impide estar documentado”. afirma. Venezolanos en Ñuble1.886 venezolanos se han inscrito desde enero de este año en el Departamento de Extranjería y Migración de la Gobernación de Diguillín. Carlos Ruiz, jefe del departa-mento, asegura que alrededor del 60 por ciento de las visas solicitadas son sujetas a con-trato. “Ellos ocupan entre el 35 y 40 por ciento de la población migrante a nivel país, y también a nivel local.

Hemos visto un aumento dramático en la so-licitud de visa de venezolanos en este año”, explica. Y agrega que “son personas extremadamente agradables, eso les ha abierto las puertas. Para ellos no es difícil obtener un trabajo, dada la facultad que tienen los venezolanos profesionales que vienen muy bien cualificados. La media de educación en Ñuble es 10.6 años de educación, y los venezolanos que llegan tienen un promedio de 13 años. Lamentablemente por problemas de documentación, quizás no puede acceder inmediatamente al trabajo de acuerdo a su calificación profesional, pero con el tiempo van escalando en la pirámide social”.

Gabriela Navarrete (36) y su marido Giovanni Valente (43) son periodistas de la Isla Margarita. Llegaron desde Santiago a Chillán en 2016, por recomendación de un familiar, Gabriela tiene nacionalidad chilena por sus sanguinis, pues su padre emigró a Venezuela durante la dictadura. Gabriela relata que solo trajeron sus equipos audio-visuales y ropa. “Cuando llegamos arrendamos una casa en la Villa Doña Francisca, no teníamos trabajo aún, pero la dueña confió en nosotros. Los vecinos pensaban que venía-mos de vacaciones, les tuvimos que explicar que tuvimos que dejar todo y empezar de cero. Ellos mismos nos ayudaron a amoblar la casa. La hospitali-dad de la gente de Chillán no se encuentra en Santiago”.

Giovanni recuerda que cuando llegaron no había más de veinte venozalanos en la ciudad. Gabriela comenzó a organizarlos, a formar talle-res y a estudiar la legislación migratoria para ayudarlos con las visas. Tuvo que dejar la organización en segundo plano por motivos laborales, ambos trabajan como encar-gados de Comunicaciones de Copelec. Sobre la situación que afecta a sus compatriotas en la fron-tera, Giovanni asegura que entiende al Gobierno chileno.

“Es lógico que quieran ordenar la casa, no pueden recibir a to-dos. Los venezonalos que llegan ahora, lo hacen por motivos diferentes, no tienen la misma calificación profesional. Deben venir a aportar al país, yo trabajo desde el segundo día que llegué a esta ciudad”, asegura.

Gabriela guarda silencio. Más tarde dice que si tuviera un par de días en el trabajo ya estaría allá ayudándolos. Merwil Jiménez (40) es licenciada en Contaduría Pública. Aún no puede trabajar en su profesión, pero dice que su empleo como secretaria en una empresa le permite aprender la legislación tributaria de Chile para poder ejercer en el futuro. Vino con su hermana, sus hijos, y hace poco trajo a su madre. Pero una de sus hermanas todavía está en Bolívar, su ciudad de origen.

“Escuchar a mi hermana todos los días que no tiene qué comer y nosotros sí, es indescriptible. Ella estudió Administración de Empresas y trabaja en una universidad”. Merwill dice que “mucha de esa gente no sabía que estaban pidiendo visa porque venían viajando, deberían ser más sensibles. Conseguir la documentación en Venezuela no es fácil”. Su hermana lleva esperándola más de seis meses para poder venir a Chillán.

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